De todas las maravillas que la biología nos enseña del ser humano, el cerebro es la más fascinante.
También es la que, cuando enferma, acarrea las consecuencias más graves, a veces desastrosas, dramáticas, tristes.
Se pierde la conciencia de sí. Se vive en un mundo anormal y lejos de la realidad. No se vive; se sobrevive sin estar presente.
Existe un padecimiento mental doloroso, triste: la depresión.
Aquí no perdemos la conciencia pero nos duele el alma. Es un dolor que va en aumento por cosas sin mucha importancia para otros, pero no para nosotros.
A nuestra mente vienen pensamientos negativos, absurdos, pecadores; no deseamos ni pensar en ellos, pero se van y regresan más fortalecidos a nuestro cerebro. Y ahí permanecen.
Somos dominados en determinadas circunstancias de angustia existencial.
Sobre todo cuando la vida nos saca de nuestra zona de confort.
En tareas audaces, en nuevas oportunidades, nos paraliza el miedo.
Nuestra energía física y psíquica empieza a debilitarse y nos sentimos enfermos.
Una parálisis frente a el vivir se va imponiendo poco a poco hasta que nos domina.
Es entonces cuando se piensa en el suicidio, que se antoja deseable en estas condiciones.
Buenas noticias: Hoy la depresión endógena – nomenclatura médica- se cura o se controla en un alto porcentaje de enfermos.
En los tiempos que hoy vivimos existe un verdadero arsenal de buenos medicamentos para su cura.
El camino que debes seguir si padeces o sufres de lo arriba descrito es tan sencillo como consultar a un médico psiquiatra, tomar los medicamentos prescritos y mantener la constancia de seguirlos tomando el tiempo que sea necesario; esto último es de lo más importante, porque sin continuidad no hay alivio.