Por: Alejandra Fernández

Estamos iniciando este 2026 y, como muchos de ustedes, hace apenas unos días Yo también  participé en ese ritual tan nuestro: las 12 uvas de la medianoche. Cada una representa un propósito, un deseo, una ilusión para el año que comienza. Año tras año repetimos la tradición, convencidos de que “este año  sí será diferente”.

Pero llega el 2 de enero y, como por arte de magia, muchos de esos buenos deseos se desvanecen. Yo las llamo “uvas mentirosas”. Porque se quedan en eso: en deseos, no en planes. Y un deseo sin acción es solo un espejismo.

Quiero compartir contigo algo que viví hace unas semanas al entregar el bono anual de producción a mi equipo. Estábamos en la sala de juntas, cerrando el año, repasando lo bueno y lo malo, los clientes que llegaron y los que se fueron. Frente a mí, diez laptops abiertas. Diez personas conectadas, trabajando, soñando. Y pensé: sí, ha valido la pena.

El dilema inicial

Hace más de 15 años me encontré en esa disyuntiva que muchos enfrentamos: ¿contratar o no contratar a alguien que me apoyara en mi emprendimiento?

La lógica parecía sencilla: “¿Por qué pagar un salario si yo puedo hacerlo todo? Yo conozco el negocio, yo sé cómo hacerlo, yo corro todo el día”. Esa idea nos detiene. Nos ata. Nos convence de que crecer es un riesgo demasiado grande.

Pero algunos decidimos dar el salto. Aun con miedo, aun con dudas, dijimos a este mundo de ser empresarios.

Y aquí surge otra pregunta: ¿cómo puedes llamarte empresario si solo tienes una persona en tu equipo? ¿Realmente soy un empresario? La definición es clara: empresario es quien dirige una empresa, asume riesgos y busca generar beneficios a través de decisiones estratégicas e innovación. No dice cuántas personas. No dice cuántos metros cuadrados. No dice cuántos clientes.

Con una sola persona que dirijas, con una visión clara y con la actitud de líder, ya empatas en la definición de empresario. Pero es ahí donde surgen muchas dudas y muchos No se como hacerlo.

El síndrome del impostor, has escuchado esto o sabes si tu lo estas sintiendo?

Claro, incluso después de dar el primer paso, aparece el famoso síndrome del impostor. Esa voz que susurra: “¿De verdad eres empresaria? ¿De verdad puedes crecer?”.

Mi coach empresarial siempre me hacía la misma pregunta: ¿y tú qué quieres?

Hace 20 años no sabía que quería ser empresaria. No sabía que quería tener colaboradores. No sabía que quería lo que hoy disfruto. Todo fue resultado de decisiones, de decir sí a seguir creciendo en esta carrera que amo tanto.

Nuestra profesión nos regala alegrías, pero también nos enfrenta a momentos duros. No es fácil recibir mensajes como: “No me mandes mi renovación en diciembre porque me arruinas la Navidad”, o “los seguros no sirven”, o “no te necesito”. Nos cuelgan llamadas, nos bloquean en WhatsApp.

Pero también recibimos llamadas que nos cambian la vida: “Mi papá murió, ayúdame”. “Mi esposa enfermó, ayúdame”. “Choqué, ayúdame”. “Mi casa se inundó, ayúdame”.

Y ahí estamos. Cuando nadie más puede solucionar, nosotros sí.

La gratificación de escuchar un “gracias, no sé qué hubiera pasado sin el seguro” es indescriptible. Ese momento en que una familia no se desestabiliza financieramente gracias a tu trabajo, ahí es donde vale la pena seguir.

Nuestra labor convierte lo intangible en tangible. Vendemos seguridad, tranquilidad, certeza financiera. Y cuando ves en el rostro de alguien la paz de saber que está

protegido, comprendes  que esto se vuelve un vicio hermoso: quieres más de esa sensación, más de ese impacto positivo.

Sí, se vuelve un vicio. El vicio de ayudar, de servir, de dar tranquilidad. Y cada vez quieres más.

Fue ahí donde senti eso por primera vez que supe que quería mas de eso, fue entonces cuando comprendí que para seguir siendo para seguir sirviendo y para seguir creciendo en esa sensación la  alternativa era fácil,  debía contratar. Y dije sí.

Hoy, al ver esas diez laptops frente a mí, sé que detrás de cada una hay una familia. En mi caso particular son  Diez familias que dependen de nuestro esfuerzo, de nuestro conocimiento, de nuestra dedicación. Generar empleo es otra forma de servir. Y también se vuelve un vicio: quieres más.

Vale la pena tomar decisiones.
Vale la pena emprender.
Vale la pena generar empleo.

Hoy, en este enero de 2026, quiero hablarte a ti que estás iniciando el año con dudas.

¿Vale la pena hacerlo? Mi respuesta es clara: sí, vale la pena.

Decídete. Genera empleo. Ve por tus sueños. Busca tu “porqué” y verás que todo se vuelve más sencillo.

Si una de tus uvas de 2025 fue proponerte vender más, agrégale un poco de veracidad y decide ser empresario. No te quedes en el deseo. Hazlo plan. Hazlo acción.

Te garantizo que esta carrera de alto rendimiento te encantará. Porque no solo se trata de números, se trata de sueños. Y cuando los números y los sueños se encuentran, ahí nace la verdadera magia de ser empresario.

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