El mundo transita por la quinta ola de ciberdelincuencia, caracterizada por el uso intensivo de inteligencia artificial y deepfakes, mientras que en México la incidencia de ataques creció hasta 400 por ciento al cierre del primer trimestre de 2026, ubicando al país entre los principales objetivos globales. En este entorno, el costo de un ciberataque para una empresa puede oscilar entre 1.5 y 4.3 millones de dólares, en una economía donde las pymes generan cerca de 51 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), lo que amplifica el riesgo sistémico.
La sofisticación de las amenazas ha evolucionado desde el vandalismo digital de los años 70 hasta esquemas actuales de automatización e hiperpersonalización. El punto de inflexión más reciente ocurrió en noviembre pasado, con el primer ataque documentado generado por inteligencia artificial, que permitió extraer información de entidades financieras mediante la manipulación de modelos avanzados, evidenciando el nuevo alcance del crimen digital.
“He visto una evolución en los últimos cinco años. Antes era un tema de cumplimiento; hoy los directores generales entienden que la ciberseguridad es una ventaja competitiva para escalar el negocio”, afirmó Santiago Fuentes Rivera, cofundador y Co-CEO de Delta Protect, al advertir que, pese a los avances, muchas empresas aún se limitan a automatizar la detección de vulnerabilidades sin abordar riesgos más profundos.
El especialista subrayó que el eslabón más vulnerable sigue siendo humano: “69 por ciento de los ciberataques se enfocan en las personas”. Por ello, insistió en fortalecer la cultura organizacional y los controles internos, ya que ninguna empresa está exenta. “Todas pueden ser atacadas”, dijo. A los impactos operativos, legales y reputacionales se suma un entorno regulatorio rezagado en México, lo que, a su juicio, obliga a una respuesta coordinada entre sector público, privado y academia para contener una amenaza en expansión.