Antes de vender hay que discernir, la ventaja humana del agente de seguros

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Por: Jorge Barraza

En el mundo de los seguros hablamos mucho de técnica y está bien. Hay que conocer los productos, entender las condiciones generales, manejar bien una entrevista, saber presentar una propuesta y dar seguimiento con orden. 

También es cierto que hoy tenemos más herramientas que nunca: CRMs, comparadores, inteligencia artificial, automatizaciones y plataformas que nos ayudan a trabajar mejor, pero hay algo que ninguna tecnología puede hacer por nosotros: discernir. 

Discernir no es simplemente saber mucho. Tampoco es tener buena memoria para recitar coberturas, exclusiones o beneficios fiscales. Discernir es algo más profundo, es saber leer una situación concreta, entender lo que está en juego y elegir lo que realmente conviene hacer. 

Aristóteles llamaba a esto phronesis, que normalmente traducimos como prudencia o sabiduría práctica. Dicho en nuestro lenguaje, es ese buen juicio que te permite saber cuándo avanzar, cuándo esperar, cuándo insistir, cuándo callar y cuándo decirle al cliente una verdad que quizá no quiere escuchar, pero que sí la necesita escuchar. 

Porque en seguros, las decisiones importantes rara vez son tan simples como “esto está bien” y “esto está mal”. Muchas veces, el agente se encuentra ante dos buenas opciones. Por ejemplo, un plan de ahorro atractivo o una protección vitalicia sólida. 

Otras veces, la decisión está entre dos caminos incómodos: decirle al cliente algo que puede dolerle hoy, pero que puede proteger a su familia mañana y ahí es donde entra el verdadero valor del agente. 

La inteligencia artificial puede procesar datos, hacer cálculos, comparar alternativas y sugerir escenarios, pero el agente procesa algo más complejo: la vida real de las personas. 

Una familia no es una tabla de Excel. Un empresario no es sólo su flujo de efectivo. Un padre de familia no es únicamente su edad, su ingreso y su suma asegurada ideal. Detrás de cada caso hay miedos, silencios, prioridades, dudas, experiencias previas y expectativas. 

Por eso, cuando te sientas con un cliente, no estás simplemente frente a un prospecto. Estás frente a una persona que, de alguna manera, te está abriendo una parte delicada de su vida como su familia, su patrimonio, su salud, su futuro o su tranquilidad y eso exige mucho más que técnica. 

Un agente con discernimiento no se pregunta únicamente “¿Qué producto puedo venderle?”. Se pregunta algo mejor: “¿Qué necesita realmente esta persona? ¿Qué le conviene? ¿Qué decisión le dará más tranquilidad y más protección en el largo plazo?”. 

Esa diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la relación con el cliente, porque cuando el agente actúa sólo por la prisa de cerrar, el cliente lo percibe. 

Cuando empuja una solución que no termina de encajar, también se nota, pero cuando el agente se toma el tiempo para entender, pensar y recomendar con honestidad, se construye algo mucho más valioso que una venta, se construye confianza y, en nuestra profesión, es capital. 

Ahora bien, discernir también exige carácter. No basta con ser hábil, con ser simpático o con tener experiencia, sino que hace falta virtud. 

¿Por qué? Porque el criterio puede nublarse. A veces por la presión de la meta, por el miedo a perder una comisión, por la urgencia de cerrar el mes, por comodidad o porque profundizar en un caso toma tiempo y energía. 

Pero el agente prudente sabe detenerse. Sabe que no todo lo que puede vender debe venderse, que no todas las oportunidades son buenas oportunidades y que una recomendación honesta, aunque no produzca una comisión inmediata, puede construir una reputación que vale mucho más.

Hay momentos en los que el verdadero profesionalismo consiste en decir: “Esto no te conviene” o “Antes de comprar esto, resolvamos primero esto otro”. Incluso “En tu caso, esta no es la mejor alternativa”. 

Ese tipo de respuestas no siempre son las más cómodas, pero son las que distinguen a un asesor de confianza de un simple vendedor de pólizas.

También hay que hablar del equilibrio porque en seguros podemos caer fácilmente en extremos. Por un lado, está el agente que promete demasiado, que exagera beneficios o que presenta el producto como si resolviera todos los problemas y, por otro lado, está el agente que, por miedo a incomodar, no se atreve a hablar con claridad ni a recomendar lo necesario. 

El discernimiento está justo en medio. Es encontrar el punto correcto, ni prometer de más ni quedarse corto; ni presionar ni desaparecer; ni vender por vender ni dejar al cliente sin protección por falta de valentía comercial. 

Ese equilibrio es el famoso “justo medio” aristotélico, pero aplicado a nuestra vida diaria como agentes. Es saber cuándo ser firme y cuándo ser paciente, cuando explicar más y cuándo simplificar, cuando presentar una solución amplia y cuando reconocer que el cliente necesita algo más básico, pero mejor alineado con su realidad. 

Al final, la tecnología puede darte información y ayudarte a comparar productos, puede ordenar tus tareas y recordarte llamadas, puede incluso ayudarte a preparar una presentación, pero la intención la pones tú. 

Tú eres quien decide si vas a usar la información para vender más rápido o para asesorar mejor. Tú decides si vas a escuchar de verdad o sólo esperar tu turno para hablar. Tú decides si vas a recomendar lo conveniente para el cliente o lo conveniente para ti. 

Por eso, la próxima vez que estés frente a un caso importante, no te precipites. Haz una pausa, mira el contexto, escucha lo que el cliente dice y también lo que no dice. Pregúntate qué decisión le serviría mejor a esa persona en el largo plazo. 

Porque en una época donde casi todo se puede automatizar, el discernimiento se vuelve una de las cualidades más humanas, necesarias y valiosas del agente de seguros. 

Y quizá ahí está la gran oportunidad de nuestra profesión: no competir contra la tecnología, sino demostrar que, cuando se trata de proteger vidas, familias y patrimonios, el buen juicio humano sigue siendo insustituible.

Las opiniones expresadas en los artículos firmados son las de los autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de El Asegurador.

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