Entre Números y Sueños
Por: Alejandra Fernández

A lo largo de nuestra vida profesional hemos escuchado una y otra vez palabras como misión, visión y valores. Las vemos en paredes, presentaciones, páginas web y manuales corporativos. En algunas empresas realmente se viven y guían cada decisión; en otras existen, pero pocos las conocen; y en muchas más simplemente no están definidas. Y así, muchas veces, operamos nuestros negocios sin tener completamente clara nuestra propia misión.

Hoy, cuando estamos cumpliendo un año en esta maravillosa revista, quiero compartir contigo una experiencia que viví durante mis últimas vacaciones familiares y que me recordó la enorme importancia de tener una misión clara, tanto en la vida como en nuestra profesión.

Las vacaciones familiares de este verano fue un viaje por Europa y fueron planeadas como si España fuera a llegar a la final del Mundial de Fútbol 2026. La idea original era regresar a México unos días antes, pero mi esposo estaba completamente seguro de que España llegaría a la final y se coronaría campeón. Sus palabras fueron:

—Vamos a vivir cómo España gana este Mundial y lo vamos a vivir en Madrid.

Y así fue!!!!

Durante el viaje supimos que España había logrado llegar a la final y que tendríamos la oportunidad de vivir ese último partido en Madrid. El cual no solo lo vimos, lo sentimos. Rodeados de españoles y de aficionados de distintas nacionalidades, vivimos una final tan emocionante que si tú que me lees eres aficionado del fútbol sabrás que nos hizo sufrir tanto que llegó hasta tiempos extras y nos mantuvo al filo de la silla hasta el último momento, en ese preciso momento donde de manera uniforme todos gritamos GOOOOOOOLLLLLLLLLL. España estaba siendo campeón de este Mundial 2026 y como mi esposo lo había planeado estábamos como familia teniendo la fortuna de vivirlo como se había planeado.

Y quiero compartirte que ver a un equipo ser GANADOR DEL MUNDIAL en su país es una experiencia única e inolvidable.

Al terminar el partido cerca de la medianoche inmediatamente salimos a celebrar la victoria de España. Mi esposo, anticipándose al festejo, había decidido que nos hospedaríamos en de la Gran Vía para vivir el ambiente de primera mano. Caminamos por esa maravillosa avenida, cerrada para los vehículos pero completamente llena de personas celebrando. Nuestra intención era llegar a Plaza Colón, pero la multitud únicamente nos permitió avanzar hasta la Plaza de Cibeles.

Ahí celebramos, cantamos y vivimos aquella alegría como si México hubiera sido el campeón. Fue una noche inolvidable.

Sin embargo, al día siguiente nuestro vuelo salía a las 9:00 de la mañana. El cansancio y la responsabilidad nos hicieron regresar al hotel. Cerca de las 2:00 a.m. terminábamos de cerrar maletas e intentábamos dormir un poco, pues el Uber pasaría por nosotros a las 5:30 a.m.

Así como mi esposo planeó estar en el lugar indicado para celebrar, también planeó con anticipación nuestro regreso al aeropuerto. Había reservado el transporte una semana antes para asegurarse de que todo saliera bien.

Pero la mañana siguiente nos tenía preparada una lección.

Cuando bajamos al lobby a las 5:10 a.m., descubrimos que la fiesta seguía exactamente donde la habíamos dejado tres horas antes. Miles de personas continuaban celebrando. La situación era tan intensa que las calles estaban completamente cerradas. Hacia un lado, la zona de Cibeles permanecía bloqueada; hacia el otro, más de un kilómetro y medio de distancia en la calle llena de personas celebrando  impedían el acceso de vehículos.

Nuestro Uber no llegaba,

Y comenzaron las preguntas:

¿Y si no llega?
¿Y si no logramos llegar al aeropuerto?
¿Y si perdemos el vuelo?
¿Y si ningún conductor acepta el viaje?

Durante más de treinta minutos intentamos encontrar alternativas. Las opciones eran pocas: bajar al metro el cual abría hasta las 6 am y el pensar entrar ahí con nuestras hijas entre una multitud que llevaba horas festejando, otra opción era caminar más de un kilómetro y medio con maletas y mochilas entre la multitud celebrando con la  esperanza de encontrar transporte o esperar hasta las 7:00 a.m. para que reabrieran las calles.

Todas estaban ahí más, ninguna parecía viable.

Fue entonces cuando un policía se acercó al ver nuestra desesperación.

—Escriban al conductor y díganle que nosotros lo dejaremos pasar. Que avance hasta donde pueda y que nos avise cada vez que encuentre una calle cerrada; nosotros daremos la indicación para que continúe.

Aquellas palabras fueron una luz al final del túnel.

Sin embargo, el Uber que teníamos reservado simplemente canceló el viaje. UBER CANCELADO nunca me había causado tanto estrés leer eso en la APP.

Después de seguir intentando, mi esposo encontró un conductor dispuesto a aceptar. Antes de que cancelara, le explicó toda la situación. El conductor respondió:

—Señor Esteban, voy por ustedes lo más pronto que pueda. (que hermosas palabras fueron leídas, provenientes  de un extraño y a su vez de alguien que nos daba una esperanza y nos daba tranquilidad)

La aplicación indicaba que llegaría en ocho minutos. Pero esos ocho minutos se convirtieron en diez, luego en doce, después en quince. Veíamos cómo intentaba avanzar, cómo buscaba rutas alternas y cómo se enfrentaba a calles cerradas. Lo que parecía un viaje sencillo en Google Maps se convirtió para él en una verdadera misión.

Mientras tanto, nosotros observábamos el celular con nerviosismo. Cada minuto adicional aumentaba nuestra preocupación. En nuestra mente aparecían todos los escenarios posibles. Aquellos 23 minutos parecieron horas.

Hasta que apareció el mensaje que tanto esperábamos:

—Llego en dos minutos. Por favor estén listos. No podré entrar a su calle, pero caminen una cuadra y ahí los esperaré.

Salimos de inmediato.

Cuando vi aquella camioneta, sinceramente al ver al chofer que no desistió y siguió el camino hasta llegar a nosotros sentí ganas de abrazarlo. Él había logrado llegar.

Subimos rápidamente y emprendimos el camino hacia el aeropuerto. Durante el trayecto, mi esposo me mostró discretamente un billete que representaba aproximadamente el 50% del costo del viaje. Sin decir una palabra, entendí que quería entregárselo como propina.

Mi respuesta fue inmediata:

—Claro que sí, se la merece.

Cuando llegamos al aeropuerto y recibió la propina, se sorprendió enormemente. Estoy segura de que para él simplemente estaba haciendo su trabajo. Pero para nosotros había sido mucho más que eso. FUE UN ÁNGEL.

Él tenía clara su misión.

Tal vez su misión personal era llevar a cada cliente a su destino sin importar las dificultades que se presentaran. Y precisamente porque tenía clara esa misión, nunca dejó de buscar la forma de llegar.

Durante el vuelo ya con plena tranquilidad recapitulé todo lo que pasó esas últimas horas y fue donde reflexioné profundamente sobre nuestra profesión en el mundo de los seguros.

Como todo lo que un día es celebración al día siguiente se puede convertir en un momento muy complicado financieramente, en nuestro caso era un vuelo no tomado y todo lo que conlleva, en una familia puede ser la pérdida de un ser querido que nadie insistió en que tomara una protección y no lo hizo.

¿Cuántas veces nosotros también hemos sido ese ángel para una familia?

¡Cuantas veces nos hemos rendido en el camino y hemos dejado de insistir?

Todo esto me hizo reflexionar y recordé aquellas ocasiones en que rechacé una cita porque estaba muy lejos, porque era una zona complicada o porque la prima era pequeña. Recordé cada vez que recibí un “no” y dejé de insistir. Y entendí que muchas veces lo que para nosotros parece una simple decisión puede representar una enorme diferencia para alguien más.

Mi misión quedó más clara que nunca: proteger financieramente a las familias ante cualquier eventualidad e insistir y no desistir.

También entendí otra gran lección. Aquel conductor pudo cancelar y buscar un viaje más sencillo. Habría sido lo más fácil. Sin embargo, insistió. Buscó alternativas. Avanzó poco a poco hasta llegar.

Y entonces me pregunté:

¿Cuántas veces nosotros dejamos de insistir ante el primer “no puedo”, “no me interesa” o “no creo en los seguros”?

¿Nos damos por vencidos en el primer rechazo o seguimos avanzando?

Cuando tenemos clara nuestra misión y comprendemos el verdadero valor de lo que hacemos, sabemos que detrás de cada “sí” hay una familia protegida. Hay una familia que algún día, cuando necesite utilizar su seguro, comprenderá el valor de esa decisión y agradecerá que alguien no se rindiera ante los primeros obstáculos, ante los primeros no. Aquel chofer recibió una propina por hacer su trabajo por cumplir con su mision, para nosotros seguir insistiendo y estar ahí cuando nos necesitan representa familias agradecidas, familias protegidas, representa ser ese Angel en el camino de alguien mas.

Ese conductor me enseñó algo que jamás olvidaré: no rendirme ante los primeros “no”, seguir insistiendo y seguir avanzando, porque nuestra misión es ayudar a las personas a comprender que estaremos ahí cuando más nos necesiten.

Qué hermoso es saber que hoy pudiste convertirte en el ángel de una familia.

Y eso solamente ocurre cuando no dejamos de insistir hasta lograr su protección.

Gracias a ti que me has acompañado durante estos 12 meses en esta maravillosa revista. Hoy cumplimos un año compartiendo historias, aprendizajes y reflexiones para quienes, como tú, siguen avanzando y no se detienen ante el primer “no” del camino.

Y tú…

¿Ya sabes cuál es tu misión?

Sigamos avanzando en la protección de más familias y en la búsqueda constante de transformar cada “no” en un “¿y si sí?”. Porque detrás de cada puerta que vuelve a tocarse, de cada llamada que no se abandona y de cada conversación que decidimos retomar, puede existir una familia esperando la oportunidad de proteger su patrimonio, sus sueños y su tranquilidad. No nos rindamos ante el primer obstáculo;

Porque cuando sabemos cuál es nuestra misión, entendemos que insistir no es vender más, sino proteger mejor.

Porque al final, vender seguros no se trata de pólizas, coberturas ni contratos. Se trata de personas. Se trata de familias que aún no saben que algún día necesitarán esa protección que hoy les estamos ofreciendo.

Muchas veces escucharemos un “no”, pero detrás de ese “no” puede existir miedo, desinformación, falta de tiempo o simplemente alguien que todavía no comprende el valor de proteger lo que más ama. Por eso nuestra labor no termina con el primer rechazo. Nuestra misión nos exige seguir insistiendo, seguir educando y seguir estando presentes.

Aquel conductor de Uber me recordó que las personas que marcan una diferencia no son las que toman el camino más fácil, sino las que encuentran la manera de llegar a su destino a pesar de los obstáculos. Y en nuestra profesión ocurre exactamente igual. Cada llamada que hacemos, cada cita que reagendamos y cada seguimiento que realizamos puede representar la diferencia entre una familia vulnerable y una familia protegida.

Que nunca olvidemos por qué comenzamos. Que nunca olvidemos que detrás de cada prospecto hay una historia, un sueño y seres queridos que merecen tranquilidad. Y que cada vez que decidimos no rendirnos ante un “no”, estamos acercándonos a la posibilidad de cambiar una vida, de cambiar una historia y con esto hacer historia al hacerlo.

Sigamos avanzando en la protección de más familias. Sigamos creyendo en el valor de lo que hacemos. Y sigamos transformando cada “no” en un “¿y si sí?”. Porque tal vez ese “¿y si sí?” sea el inicio de la protección que una familia necesitará en algún momento de su vida.

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